Un panadero cruza volando el río. Recorre el mundo a la par del viento. Va libre, sin rumbo alguno. Va recojiendo sueños, va juntando deseos. Así, cargado con los deseos de la humanidad, pesa menos que una pluma y casi tanto como el viento que lo transporta...
No pasan por esta ciudad ya tantos panaderos como solían hacerlo. Dicen que la gente ya no tiene sueños ni deseos. Que la rutina les ha robado las alas, los momentos que dedicaban a soñar. Y que otros, en vez de luchar por lo que quieren, piden, desean, y esperan sentados a que las cosas sucedan como por arte de magia.
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