Ninguno de los dos sabía muy bien qué estaba pasando. Sentados en el
banquito de la plaza, su brazo sobre los hombros de ella, sus manos
entrelazadas, apoyadas sobre su pierna, los dos mirando a los chicos jugar.
Ninguno de los dos decía nada, ninguno sabía en realidad qué decir. Todavía
podían sentir en sus labios el suave sabor salado del beso que se acababan de
dar. Cada uno podía sentir la sonrisa del otro, a pesar de que no estaban
mirándose. Ninguno de los dos sabía cuánto duraría esa sonrisa, pero tampoco
les importaba. Les importaba disfrutar de ese momento, ese “ahora”, ese “hoy”. Era
un momento mágico, y querían hacerlo eterno.
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